Realidad y ficción: Cunqueiro de Galicia (II)

 

Foto por Ana Muinelo Monteagudo

 

El tiempo transcurría perezoso allí en la fraga. Sentados junto al pequeño regato, bajo una hermosa cúpula arbolada, tornasolaba el agua entre las piedras tersas y negras mientras el trasunto de Álvaro Cunqueiro y yo conversábamos acerca de su libro La otra gente y de los campesinos gallegos, los otros gallegos que se desdibujaban al mismo tiempo que la Galicia rural tradicional, enterrados por las nuevas edades del hombre moderno.

Comenzamos hablando de su intención de ir más allá de la colección de retratos exóticos, de la semblanza humorística, para dejar en el lector una idea, la del alma del gallego enraizado en un paisaje, ajena a lo urbano: irónico, crédulo, tierno, humilde y sabio a su modo. Y de qué manera lo lograba.

– ¿Se refiere a técnicas narrativas y descriptivas?

– ¿No las hay?

– Pues dígamelas usted.

Y con atrevida ignorancia empecé a analizar la obra mientras el incierto señor Cunqueiro escuchaba.

Dije que el libro, compuesto de cincuenta semblanzas de personajes a los que el autor supuestamente conoció o supo de ellos a través de otros, tiene apariencia de inventario de recuerdos, o son recuerdos embellecidos y transformados por la imaginación. Esa podía ser la razón por la que el autor se desdoblaba en narrador exterior e interior, con perspectiva omnisciente o interna. En este juego, el narrador externo omnisciente suele llevar el peso de lo descriptivo y de lo inverosímil o prodigioso, y cuando la historia alcanzara ya cotas de irrealidad, era el narrador-protagonista-testigo el que se hacía sutilmente presente (a veces mediante un diálogo; otras veces ejerciendo su función testimonial) para indicarnos que el personaje existió, que el suceso prodigioso o extraño ocurrió, y dejar así al lector la duda entre realidad y ficción:

– La duda entre realidad y ficción…también ayuda la tradición oral gallega–asentía don Álvaro, solemne.

Luego comentamos la estructura y los constituyentes narrativo-descriptivos. Decía que la caracterización de personajes tenía su técnica literaria, pero que él había empleado esquemas variados de unos pocos elementos: el paisaje, el retrato físico y espiritual, el retazo biográfico, la anécdota cómica, las narraciones anidadas o enmarcadas, los personajes fugaces, el estilo directo en forma de diálogo corto…

– Falta el elemento maravilloso, prodigioso–dije yo.

– Ese es fundamental.

Pero empezó a comentar el papel del paisaje. Primero, la mayoría de los títulos de cada retrato se forman con el apodo o apellido del retratado más un adjunto que especifica la procedencia, el lugar: Somoza de Leiva, Pontes de Meirado, Figueiras de Bouzal, Melo de Lousadela…Y si el título no utiliza esta fórmula, el bautizo se produce en el interior del relato. Se trataba de dejar claro que estos gallegos no se explican, no “son” sin el paisaje, sin el lugar al que pertenecen. Esa es la primera característica que conocemos de cada personaje, la que los determina de una manera que el lector ajeno a ese mundo sólo intuye. Segundo, no falta la descripción física, la topografía, pero nunca es exhaustiva; concentrada al principio como marco e introducción o dividida en breves pinceladas intercaladas en las descripciones y peripecias, se consigue que siempre esté presente en la lectura la Galicia rural.

Ejemplos del uso del paisaje los tenemos en Somoza de Leiva, donde leemos: “Este Somoza de Leiva –Leiva está en un alto, entre castañares, en Tierra de Miranda– sirviera al rey…”. Y en Liñas de Eirís comienza con la descripción de Eirís y de los empinados caminos que llevan “a lo alto, a los henares, a las abiertas brañas que dicen del rey.” En Carrexo de Fontes hay una descripción que nos va llevando desde una visión general detallada de Fontes hasta llegar al rincón deseado: “En la casa que da al camino viejo, coronada por una ancha y cuadrada chimenea […], vivió Carrexo”.

Continuó Cunqueiro con la descripción física y de la naturaleza y condición -la prosopografía y la etopeya– de los protagonistas y secundarios. “Es expresiva” –dijo. Apuntó que proporcionada en pequeñas dosis y distribuida en el texto, solo muestra lo que es significativo para la peculiaridad del tipo gallego rural, y también funciona a modo de susurros graciosos que contribuyen al tono simpático y cómico final.

– A veces el peso de la caracterización recae en los sucesos que le ocurren al personaje y en cómo se desenvuelve en ellos. Otras veces, expresiones en estilo directo y cortos diálogos nos lo hacen más visible y cercano.

En ese momento yo pensé que la parte narrativa –y así se lo manifesté a mi interlocutor – se reduce a uno o varios sucesos anecdóticos, importantes sólo para el protagonista, que los asume como determinantes en su vida y que terminan siendo el centro de su existencia. Casi siempre contado desde el punto de vista de “otros” que le proporcionan el relato al narrador-Cunqueiro, también da entrada a nuevos personajes retratados magistralmente en pocas palabras (“…pero la mujer, que por la mano izquierda viene de los señoritos de Mesía, terca como ellos y con la cabeza levantada,…”; o “…Gareto, que era un flaco picado de viruelas, siempre irritado y gritando en castellano…”). En ocasiones la narración enmarca otros relatos (un plano metahistórico sutil) que fluyen con naturalidad para acabar de nuevo en la narración principal o dando paso a la conclusión.

Don Álvaro intervino ahí para hablar del elemento maravilloso. La anécdota o suceso suele tener un componente fantástico, extraño y entrañable, surgido de las leyendas mitológicas del país o de la credulidad y la percepción del protagonista. El elemento fantástico se aparece en situaciones cotidianas que sorprenden al lector, pues su verosimilitud es aceptada con naturalidad por todos los personajes, incluido el narrador-protagonista-testigo. Los muertos se reencarnan en cuervos que hablan, curanderos que tienen el don de la ubicuidad y son dueños de sabidurías secretas, objetos ordinarios –paraguas, capas, sombreros, zapatos– con vida propia. Este extrañamiento al que se somete al lector primero le arranca una sonrisa insólita, mas luego lo envuelve sutilmente, y termina leyendo la historia como si fuera la crónica de un hecho real.

No mencioné el realismo mágico, pues conocía la animadversión de Cunqueiro a que le encuadraran en esa corriente, a pesar de que muchos le consideran un precursor. Pero él, adivinando mi pensamiento, se explicó:

– El gallego –y más el hombre de campo – es un gran creedor. Si quieres expresar algo para mí tan extraordinario como la credulidad del gallego, su tradición fantástica oral y su fecunda imaginación, necesitas ese contrapunto prodigioso y de libertad creadora a la realidad, más prosaica.

– Y todo ello aderezado con humor –repuse.

El humor. Es siempre entrañable, simpático, nunca cruel, teñido de melancolía y afecto, reacio a la burla. Eso se consigue con la ironía, recurso habitual del narrador en su función comentadora, como cuando dice de Secundino, eterno hipocondríaco: “Secundino era inteligente, y lúcido analizador de su condición de enfermo”. O al revelarnos el arte de Leiras del Marco: “Se decía que hablaba con los animales, pero no era cierto. Lo que es cierto es que los entendía…”. Otras veces la comicidad nace de la intervención directa de los personajes –una frase, un diálogo. Sirva de ejemplo aquel Soleiro que se le apareció a su mujer en forma de cuervo después de muerto y el debate sobre la certeza o no del hecho entre los parroquianos de un bar de Lugo. El animal aparece en una cesta de la mujer y esta lo reconoce “tanto por la voz como por la tos”. El diálogo interrumpe la narración de la historia y pone otra nota cómica:

– Soleiro olía mucho a tabaco –dice uno de los presentes.

– ¡También el cuervo!

Cunqueiro se entusiasmó hablando del ritmo y el papel de los diálogos, de cómo el estilo directo acortaba la distancia narrativa, anulaba al narrador y e interrumpía la perspectiva dominante. O dicho de otro modo: teníamos un encuentro personal con el personaje y confirmábamos su existencia. El pacto narrativo entre el lector y el narrador, la “suspensión de la incredulidad” no es voluntaria. Cunqueiro nos engaña una y otra vez, y nos transforma un poquito en crédulos gallegos.

Yo comenté acerca de cierto léxico, rústico y culto, sabroso, que evoca la naturaleza y alaba la vida de aldea –exótica para unos, auténtica y conmovedora para otros–. Sabiamente dispuesto, siempre en un registro familiar, literario, nunca vulgar, consigue el efecto estético deseado por el autor: que las palabras sepan a pan fresco que se mete en la boca: Albéitar, ferrado, cancilla, trébede, bocoyes, amurriarse, linares, ahazada, lunarada,…

Hubiera seguido allí horas, pero, aunque el tiempo discurriera pausado y tardo, amanecían sombras por doquier, el rostro del anciano se ocultaba, y su voz se hacía más débil. La humedad ya estremecía y la luz se apagaba en el oeste. Volvíamos a la carretera cuando aquél hombre se detuvo en medio del prado.

– Aquí me quedo.

– Don Álvaro, ha sido un placer.

– Sí, gracias. ¡Me gusta tanto bajar a Galicia! Me dejan hacerlo cada dos o tres años. Alguna vez, con la intercesión de Merlín el mago, me permiten sobrevolar, de noche, Mondoñedo.

– Buena suerte, señor –me despedí extrañamente enternecido.

– No mire hacia atrás cuando se marche. Necesito intimidad para iniciar el regreso.

Me encaminé hacia mi vehículo, ya con el crepúsculo. El coche se me antojaba algo irreal. Un cuervo estaba posado en el techo. Me giré para observar a aquel loco genial alejándose. El paraguas abierto, enorme, ocultaba la figura casi completamente, y juraría que sus pies se despegaban del suelo medio metro.

– ¡Que no mires, coño!

Sobresaltado volví la mirada. El cuervo me miró fijamente unos segundos y después echó a volar.

Eran las diez de la noche. Me detuve en una taberna a reponerme y a pensar en qué excusa iba esgrimir para justificar mi ausencia de aquella reunión de cuyo asunto sigo sin lograr acordarme. Como estábamos solos, el tabernero y yo, le referí mi encuentro con aquel extraño anciano. Él comentó, apoyado en la ventana salpicada de lluvia fina:

– Es un escritor. Dicen que viene algún año y pasea por los campos. Parece que murió hace ya mucho, y que vuela gracias a un paraguas.

NOTA: OTRAS OBRAS (MARAVILLOSAS) DE CUNQUEIRO:

Un hombre que se parecía a Orestes, Merlín y familia, Cuando el Viejo Simbad vuelva a las islas, Vida y fugas de Fanto Fantini, Tertulia de boticas y escuela de curanderos, Fábulas y leyendas del mar.

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Cunqueiro de Galicia ( I )

Photo by Ana Muinelo Monteagudo

 

Era el año noventa. Acudía en coche a una reunión de trabajo en Pontevedra, cuyo asunto, que requería mi presencia ineludible, me es ahora imposible recordar. De noche, supe que entraba en Galicia por las vueltas y revueltas, subidas y bajadas de la carretera. Y porque llovía. El sueño estaba a punto de derrotarme, mis párpados vencían a mis ojos. Y en esto que amaneció a traición, y la lluvia cesó.

No estaba en carretera conocida; esta era comarcal, con un asfalto negro mate, limpio tras tanta agua nocturna. Detuve el coche, cerré los ojos unos minutos. Luego, miré al lado del copiloto buscando un mapa. Un paquete de galletas abierto, una carpeta, y un ejemplar de “La otra gente”, de Álvaro Cunqueiro en el asiento. Aquel libro me lo regaló Guillermo, un amigo coruñés. Era Guillermo bajo y rotundo, de camisa abierta en los días más fríos del invierno; su nariz, grande, se aparecía roja en más ocasiones de las debidas. Hombre inteligentísimo, mezclaba rusticidad con una gran erudición. Gallego hasta la médula, tiraba de ironía fina, socarrón, cuando alguien, o algo, no le agradaba

– ¿Qué tal fue la cena en casa de tu primo y su nueva mujer?

– Me cayó mal la gata de mi primo.

Y siempre acompañaba sus comentarios con una media sonrisa desafiante.

Como decía, el libro, manoseado, gastado, me lo entregó Guillermo, con cierta solemnidad, el día que nos despedimos para no volver a vernos. Vino a decirme, emocionado, que me consideraba capaz, a pesar de no ser gallego, de disfrutar  y entender a Cunqueiro y sus tipos gallegos retratados. Aquel libro, escrito primero en lengua gallega, Xente de aquí y acolá, y luego traducido por el autor al castellano, fue la primera obra que leí de don Álvaro, y a la que no dejo de volver cuando necesito sonreír y pasar un breve rato fuera del mundo.

En fin, que en vez de dormir, cogí el libro, bajé del coche, observé el paisaje. A mi alrededor (estaba por Tierras de Miranda) todo era verde, exuberante y hermoso, salteado de unos pocos trazos amarillos pintados por algún henar. Me adentré en un prado a estirar las piernas. Ya el sol hacía brillar el verdor húmedo, y un aire jugoso entraba a raudales con cada inspiración. Allí lo encontré. Paseaba, deteniéndose de tanto en tanto ante una planta o un árbol, al que miraba ensimismado, un anciano, sombrero y gabardina antiguos, que se apoyaba en un gran paraguas con una extraña empuñadura en forma de rostro humano.

Saludé con un “buenos días”, él levantó su sombrero y preguntó de qué parte de Galicia venía. Le contesté que era andaluz, pero que familia gallega tenía. Me observó unos segundos. Luego, miró alrededor y dijo que no había un paisaje más hermoso que aquel, una geografía toda de brañas y breñales, fragas y brezales, carbelleidas, castañares y toda suerte de arbustos y plantas; que uno podía imaginar y escribir de cualquier lugar del mundo si conocía esta naturaleza, pues escondía secretos.

– ¿Sabe que este humilde arbusto, la ginesta o retama, Genista Hirsuta, en el siglo X adornó el casco de Godofredo de Anjou, Conde de Anjou? Así sus descendientes heredaron el sobrenombre de Plante-genêt, y más tarde se constituyó la famosa dinastía Plantagenet, reyes de Inglaterra. Además, no hay nada mejor para hornear el pan.

Me invitó a acompañarle a una fraga próxima a la que tenía mucha afición y a la que hacía muchos años que no había visitado. Explicaba cada hierba, cada flor, cada planta, y las ilustraba con personajes de la historia, de la mitología griega, de la celta o con campesinos de las aldeas gallegas que decía haber conocido, cuando no describía una receta gastronómica que le llevaba, de nuevo, a Ricardo Corazón de León, o a Beatriz o a Julieta.

Se detuvo e interrumpió su monólogo, pues yo no había abierto la boca hasta ese momento.

– Veo que está leyendo mi libro. Le tengo gran cariño y disfruté mucho escribiéndolo. Pierde en castellano, o a mí me lo parece –dijo algunas frases en gallego y prosiguió–. No recuerdo si yo mismo, o algún amigo, declaró que yo había hallado las eras secretas donde aran los gallegos. Puede ser. Pensé que con el tiempo nadie lo leería. ¿En qué año estamos?

Cunqueiro había fallecido diez años antes. Era un loco o un bromista. Sin embargo, preferí seguir el juego y preguntarle sobre La otra gente. Estábamos en la frondosidad de la fraga y no se veía ya la carretera.

 

 

 

 

 

 

 

 

Aretha Franklin, una mujer bella

Aretha Franklin

En televisión apareció una señora rotunda, gorda, redonda, a la que el blanco y negro no ayudaba a disimular sus defectos. Ella nos miraba sonriente, confiada, mientras el presentador se ahogaba en frases grandilocuentes. Aretha Franklin cantó. Nadie abrió la boca, hipnotizados, entusiasmados ¡qué hermosa era! Algunos niños se burlaron más tarde, es cierto, y no supe, ni quise, decir “a mí me parece hermosa”.

Años después otra bella mujer me descubrió el secreto con una sencilla pregunta: ¿no crees que cuando quieres a alguien, cuando lo aprecias, siempre lo ves guapo? Sin saberlo, hablaba de uno de los grandes  y primeros problemas filosóficos, el de la idea de belleza, o de lo bello, que según Platón es independiente de la apariencia de lo bello: no es lo perfecto, no es lo deseable, no es lo aprehensible sólo por los sentidos, es la idea que nos colma plenamente.

Si cada época tiene su concepto de belleza y lo proyecta en modelos ideales, Aretha Franklin no encajaba en el de mujer agraciada. Por lo tanto, puede que la percepción terrenal de la belleza femenina dependa de lo que entiende la sociedad. Pero hay más que la admiración de lo simplemente corporal: pues obtenemos una respuesta insuficiente que solo colma lo físico y pierde la totalidad de la persona, ésta irradiará su propia belleza sólo si nuestra mirada se ilumina con el afecto, el aprecio, la admiración.

Descubrí sin saberlo la otra manera de mirar, la que me mostró una mujer en la que resplandecía el talento y la fuerza, hasta trascender su aspecto físico. Aretha Franklin era una mujer hermosa.

Ya han pasado muchos años, y si nunca fue una mujer físicamente bella, ahora la enfermedad y el tiempo han marchitado su vigor. Nunca llevó una vida ordenada, y ahora la búsqueda extenuante e infructuosa del amor ha desgastado su espíritu. Nunca le abandonó su talento, y ahora Aretha Franklin, el mito, la mujer que más premios Grammy ha ganado en la historia, se desvanece poco a poco. Hace dos años, escuchar su voz quebrada –una voz que fue materia y brío, mármol y bronce–  empañaba tristes incrédulas miradas. Gruesa y con la cara ajada, los ojos buscaban la puerta de salida a través del brillo de los focos y los pilotos rojos de las cámaras, avergonzados. Por primera vez vi a Aretha como una mujer fea.

Año 2015, Kennedy Center, homenaje a Carole King. Se anuncia una cantante que es “una de las más grandes artistas americanas de todos los tiempos”. Ante el asombro de todos, que la daban por acabada, aparece la “reina del soul”: elegante, poderosa, cubierta de un abrigo de pieles, vestida de fiesta. Con paso contenido e inseguro se dirige al piano. Con sus setenta y muchos cumplidos, casi desahuciada un año atrás, ataca Natural Woman y vuelve a sonar una voz mármol y bronce, materia y brío, ritmo y majestad.

La imagen de una Franklin anciana, obesa, torpe, con la carne fláccida de sus brazos exhibida, despojándose dificultosamente de su abrigo y, a la vez, dominando el escenario, con todo el público en pie aplaudiendo arrebatados, hará exclamar a los afortunados capaces de mirar más allá de lo aparente: ¡Qué clase, qué elegancia, qué voz, qué hermosa!

 

NOTA: Dos discos, en mi opinión, imprescindibles. El primero es The Queen in waiting, the Columbia years, 1960-1965, canciones más próximas al jazz, mis preferidas. El segundo, Lady Soul, (Atlantic, 1968), ya soul puro pero sin acercarse todavía al pop.