Éxitos literarios olvidados

Foto: ANA MUINELO MONTEAGUDO

 

El problema de la necesaria selección de obras para el estudio histórico literario de un determinado periodo, una vez realizado, planea como una sombra de duda en el historiador ya embebido en su trabajo, pues ha supuesto un olvido intencionado de muchas obras: ¿Y si sus criterios han dejado ahogados en la profundidad de la masa de textos obras relevantes?

Entre los criterios de selección objetivos y parcialmente verificables está el éxito entre los lectores. Y hemos de reconocer que no solo no asegura a las obras más leídas su inclusión entre las dignas de comentario, sino que incluso puede relegar piezas de arte literario al olvido por su pertenencia a ese género preterido, cuyos títulos fueron las «mejor vendidos». A nuestro entender, el historiador de la literatura debe ser consciente de los límites que dibujan sus propios presupuestos constructivos –aquellos que conformarán su narración histórica–, pero no añadir otros límites, como el observar el pasado desde la atalaya de la superioridad intelectual y moral de su siglo.

Queda, pues, establecido que el éxito entre los lectores no puede ser desdeñado por el historiador, ya que miles de personas emitieron su veredicto en el pasado acerca de la eficacia de la comunicación literaria de esas obras; mas esto nos conduce a resolver nuevos problemas para ponderar adecuadamente esta afirmación. Cuestiones como ¿A qué llamamos éxito de lectores?, ¿Cuál es el peso de los factores extra literarios en la difusión de las obras? y ¿La calidad literaria era acompañada de ese éxito? se nos antojan claves. Tomaremos el siglo XVI español como modelo de periodo literario abundante en calidad y cantidad de obras, de contexto histórico y social bien estudiado.

En el siglo XVI en España, la determinación de la difusión exitosa de las obras literarias es, cuando menos, imprecisa. Las obras se difundían oralmente (canciones, sermones), lo que conocemos por testimonios diversos; en manuscritos, cuya difusión deducimos de los que se han conservado; y en obras impresas (impresos menores, pliegos sueltos, libros). El analfabetismo imperante no significaba incapacidad como receptor de obras literarias, las lecturas en voz alta no eran exclusivas de los iletrados, y las ediciones de libros son significativas en cuanto a dato objetivo, mas no fácilmente comparables con la difusión oral o manuscrita en cuanto a su extensión y público. Dada esta prevención, existe un consenso sobre cuáles fueron las obras más difundidas y a él nos atenemos.

Dicho esto, el éxito entre los lectores es a veces contingente, y como tal puede darse por multitud de factores ambientales –políticos, sociales, culturales, religiosos, morales, económicos, técnicos– que satisfacen al receptor de la obra literaria, su horizonte de expectativa, pero que no descansan en la calidad intrínsecamente artística, ni siquiera vistos desde la estética de la época. En nuestra literatura renacentista tenemos ejemplos paradigmáticos, como la contribución al éxito de una obra del formato impreso más manejable y de más fácil distribución, o los libros de caballerías como entretenimiento. Concebidos desde un punto de vista político-social, fueron la literatura moral y religiosa de consumo – y combate anti reformista –, junto con la épica culta glorificadora de las gestas imperiales, los mejores vendidos. De estas corrientes citadas, es actualmente denostada la literatura religiosa, de gran importancia para la época, y que respondía al horizonte de expectativa que tenían numerosos españoles, no sólo religiosos. No obstante, quizás la épica culta ha sido la más olvidada en la historia de la literatura por su presunta baja calidad. Detengámonos un poco en ella como ejemplo de éxito aparentemente sin calidad literaria.

En la España de Carlos V, heredera de las gestas de los Reyes Católicos, potencia dominante del mundo conocido, se suceden los hechos épicos. Las hazañas militares de Gonzalo Fernández de Córdoba y Juan de Austria, la figura del propio Emperador guerrero, las gestas que acompañan al descubrimiento de América, daban la materia necesaria para una orgullosa exaltación colectiva. Recogidos los sucesos por los cronistas, que tratan de ser fieles a los hechos y a la vez justificar la política imperial, la población oye noticias, la fantasía se dispara, así como el orgullo. Los escritores tratarán de cantar a este mundo heroico al modo de la épica clásica, pues hay un público que quiere solazarse con las hazañas de sus iguales. Se construye un género a imitación de los clásicos (Virgilio y Lucano, principalmente) y de autores italianos (Boiardo, Ariosto) que habían ya deformado la épica, novelándola. En los años de esplendor, entre 1550 y 1650 se publican setenta poemas épicos. El éxito de Historia Parthenopea (Roma, 1516), dedicado al Gran Capitán, de Alonso Hernández, o los poemas épicos dedicados a los hechos notables del imperio, conocidas como «Las Caroliadas», o La Austriada (1584), de Juan Rulfo, conocen numerosas ediciones y su difusión es máxima. ¿Por qué ese éxito fue momentáneo y estas obras murieron junto al efímero género que habían contribuido a crear?

Parece definitiva la falta de talento literario, incapaz de reflejar lo épico de un modo que supere la poética clásica y la preceptiva, pues la situación era diferente. Emplearon un modelo, la épica clásica, que se basaba en la oralidad, en la narración que se transmite de hechos lejanos y que se alimenta de los sentimientos de los escuchantes, exaltados e inspirados ante la ejemplaridad heroica, y que a su vez completarán y modificarán el poema para otros, para posteriormente pasar a la obra escrita. Nuestros escritores, en cambio, obvian que tratan sucesos contemporáneos, en los que se puede consultar a los cronistas y a los propios protagonistas; falta la lejanía temporal que bruñe de oro los recuerdos y deja que brille sólo lo esencial; sobra la tensión entre la verdad histórica y la leyenda. El éxito de una obra –o de un género en su conjunto –, no puede considerarse garantía de calidad literaria.

Advertíamos al principio del riesgo de olvidar obras relevantes al asociarlas a un género literariamente fallido. Como muestra, una excepcional obra que confirma nuestro argumento. De La Araucana, de Alonso de Ercilla se publican hasta 19 ediciones entre el año 1574 y el 1625 el éxito de lectores está demostrado, a lo que hay que añadir las referencias numerosas a la obra por otros autores, que acuden a ella como argumento de autoridad tanto literario como histórico. Fue fuente para romances y modelo para otros autores de poemas épicos. Al éxito le acompaña la calidad literaria, el estilo y la originalidad: una epopeya de protagonista colectivo vista desde el punto de vista del enemigo derrotado.

A tenor de lo dicho de La Araucana –éxito acompañado de calidad –, nos queda ver la cuestión a contrario sensu: ¿ha de tenerse en cuenta la falta de éxito de una obra como criterio de su valor para la historia de la literatura? Utilicemos la comparación con las ediciones de las obras de Fernando de Herrera. En total encontramos siete ediciones de diversas obras entre 1572 y 1625. Poco frente a la epopeya chilena, el éxito de Herrera no fue cuantitativo sino cualitativo, ya que al renovar y culminar la poesía italianista, ejerce una gran influencia entre los literatos y público más culto (a favor y en contra), y se proyecta sobre las generaciones venideras. No parece Herrera, por su carácter retraído y elitista, que estuviera muy interesado en una prolífica difusión. Por tanto, es Herrera un autor de éxito, sí, pero sus obras no son un éxito de lectores. Es su proyección sobre la literatura como institución y sobre las generaciones venideras la que hacen superior su obra a la de Ercilla.

Las obras mejor vendidas no son sinónimo de calidad literaria, pero tienen un impacto real sobre los lectores. Un cuidadoso estudio de los factores extra literarios que justifique un criterio literario negativo actual sobre obras pasadas ha de realizarse iluminado por el faro de la humildad y el respeto a aquellos lectores y a su inteligencia. La buena noticia es que el canon literario se enriquece, cada cierto tiempo, de obras hasta ese momento irrelevantes y de pobres méritos. Ello demuestra cuán difícil es abstraerse de nuestra propia visión del mundo y valorar sin prejuicios. Y cuanto de subjetivo hay, a veces, en la tarea de historiar la literatura.


		
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Unamuno, San Manuel, y la ciudad sumergida

Fotografía de Ana Muinelo

Hay muchas “ciudades sumergidas” en España. Pequeños pueblos en lo profundo de lagos artificiales que sacian la sed de urbes lejanas, ajenas. Cuando la sequía se prolonga asoman, fantasmales, la torre de la iglesia y algunos tejados aislados, todo gris y exánime. Los más ancianos observan en silencio mientras los recuerdos acuden, despiadados. Luego, la resignación les empuja a mirar hacia otro lado y seguir con sus quehaceres.

No imaginaba Unamuno que su metáfora, inspirada en leyendas, de la ciudad sumergida, iba a dejar de ser parábola de lo que él llamaba la “intrahistoria” para hacerse realidad.

Miguel de Unamuno, el autor más sobresaliente de la Generación del 98, se sentía acuciado por dos asuntos. Por un lado, el “problema” de España; por otro, cuestiones universales y filosóficas tales como el existencialismo, la religión y la fe. Eran para él referentes Nietzsche, Kierkegaard y Schopenhauer, aunque don Miguel tenía y desarrollaba, en una fecunda labor, sus propias ideas. En filosofía acuñó el término “intrahistoria” para nominar un concepto original: el alma oculta del pueblo, creada a lo largo de los siglos por los hechos de personas anónimas, las costumbres, las tradiciones. Esa fuerza permanece, influye en el presente, conforma a los hombres y mujeres para ahuyentar el miedo a la existencia. Si el ser humano, según Unamuno, está en lucha permanente para ser y no morir –no ser–, y aún así la muerte termina siempre llegando, la consciencia de este hecho absoluto lo inundará de angustia. Por ello, la intrahistoria, la religión, la tradición, las costumbres, deben ser preservadas como “certezas” a las que asirse.

Unamuno quiere que sus ideas se comprendan, y considera que el género del ensayo no es suficiente. La narrativa le da la posibilidad de explicarse de otro modo. Quiere llegar al lector y que el lector conozca. Para ello apuesta por la búsqueda de la unidad forma-contenido, y escribe pensando en la recepción del lector: un estilo subjetivo, llano, lejos de la ornamentación y recuperador de palabras populares (las que vienen de la “intrahistoria”), a lo que suma el uso de la metáfora, el símbolo y la alegoría construidas con materiales familiares. Para hablar de lo inefable.

En San Manuel Bueno, mártir (1933), trató de dilucidar la zozobra existencial, su negación de la fe como promesa de vida eterna, y su afirmación de la misma como mentira necesaria.

Novela corta, en ella Unamuno refleja los rasgos distintivos de su narrativa. Es la obra un “evangelio” escrito por Ángela Carballino, narradora homodiegética, y recogido por el autor-narrador, don Miguel, sobre la vida de un sacerdote que va a ser beatificado y, por tanto, considerado unánimemente “santo”. Solo que su santidad no es pura, proviene del sacrificio de la honestidad y dignidad propias. El sacerdote profesa una fe en la que no cree, para que “el pueblo” no la pierda y continúe viviendo. La publicación de este “evangelio” supondrá la no beatificación de Manuel.

Manuel encarna la lucha entre fe y duda que termina en derrota de la fe. Es el sentimiento trágico de la vida, que no tiene otro fin que la muerte, mas se la derrota por la permanencia del alma de la comunidad. De este modo, y utilizando la simbología de la obra, la nieve, elemento transitorio – la vida–,  cubre y permanece en la montaña –fe–, pero desaparece al llegar al lago –duda–. Es decir,  se supera la amenaza constante de la muerte y se puede seguir viviendo si lo hacemos dentro de la comunidad, descansando en la fe.

Para ilustrar cómo consigue adecuar Unamuno la forma a este contenido complejo, núcleo temático de la obra, he escogido un fragmento, un extracto de un párrafo de la secuencia tercera, el clímax de la narración. Es don Manuel quien nos habla (habla a Lázaro, el descreído hermano de Ángela) con un discurso desgarrado, en el que confiesa la gran mentira de su vida. Ha contado Ángela Carballino, la biógrafa, a estas alturas de la obra, su marcha del pueblo con el recuerdo del sacerdote, su regreso con dieciséis años llena de admiración, su constatación de las dudas del religioso, la aparición de su hermano Lázaro, la muerte de su madre, la conversión de Lázaro. Llegamos a nuestro texto: está Lázaro contando la verdad de D. Manuel a Ángela: no cree el santo, sino finge creer.

Y él: «Porque si no, me atormentaría tanto, tanto, que acabaría gritándola en medio de la plaza, y eso jamás, jamás, jamás. Yo estoy para hacer vivir a las almas de mis feligreses, para hacerles felices, para hacerles que se sueñen inmortales y no para matarles. Lo que aquí hace falta es que vivan sanamente, que vivan en unanimidad de sentido, y con la verdad, con mi verdad, no vivirían. Que vivan. Y esto hace la Iglesia, hacerles vivir. ¿Religión verdadera? Todas las religiones son verdaderas en cuanto hacen vivir espiritualmente a los pueblos que las profesan, en cuanto les consuelan de haber tenido que nacer para morir, y para cada pueblo la religión más verdadera es la suya, la que le ha hecho. ¿Y la mía? La mía es consolarme en consolar a los demás, aunque el consuelo que les doy no sea el mío». Jamás olvidaré estas sus palabras.

Lázaro relata a Ángela la confesión del santo. Se dirige este a Lázaro. El discurso condensa ideas profundas que van conformando la confesión. El sujeto doliente es don Manuel y los objetos de su discurso son tres: Sus feligreses-pueblo, la religión-fe, y la vida.

Tomemos estas ideas como base para una disección del discurso.

1) Y él: «Porque si no, me atormentaría tanto, tanto, que acabaría gritándola en medio de la plaza, y eso jamás, jamás, jamás.

Comienza una explicación angustiada del motivo de su confesión a Lázaro. Son dos almas escépticas que fingen creer en bien de un segundo objeto; don Manuel finge por el bien del pueblo, Lázaro por el bien de su conciencia (lo ha prometido a su madre moribunda). El diálogo es tenso y amargo. La geminación (tanto, tanto; jamás, jamás, jamás) expresan la angustia íntima que se libera tras mucho tiempo pudriéndo el espíritu. El uso de oración condicional plantea una hipótesis cuyo rechazo (isodinamia) se condensa dentro del pronombre eso y en el adverbio de tiempo ya comentado. De esta manera se nos transmite la vergüenza del personaje; no quiere repetir don Manuel algo que le parece el mayor de los pecados: Y eso (no lo haré), jamás, jamás, jamás. El doloroso secreto sólo puede ser revelado a otro espíritu igual, otro espíritu que no pueda ser dañado porque tampoco cree.

2) Yo estoy para hacer vivir a las almas de mis feligreses, para hacerles felices, para hacerles que se sueñen inmortales y no para matarles.

El sacerdote tiene una misión en la vida que se resume en la sentencia Yo estoy para hacer vivir a las almas de mis feligreses, donde Manuel parece tomar conscientemente el papel de Cristo; se muestra al desnudo el simbolismo que se le otorga al personaje en la novela. Basta un enunciado del que se derraman 3 subordinadas finales. El zeugma deja fija la declaración Yo estoy para ir añadiendo subordinadas que aumentan en complejidad semántica y sintáctica (para hacerlos felices, para hacerles que se sueñen…), aunque con la misma estructura paralela y comienzo en anáfora. La sucesión y enumeración de motivos en enunciados sinónimos o relacionados entre sí (expolición), más las estructuras paralelas, expresan el estado de agitación del hablante, a la vez que refuerzan la idea principal.  Al igual que en la primera frase, se concluye con una antítesis violenta (inmortales-matarlos) introducida en otra oración coordinada, donde se vuelve a condensar –nuevamente isodinamia –  el rechazo de lo inaceptable, retratando la angustia del hablante. La forma verbal infinitivo predominante (hacer, vivir, matar), que muestra la acción en su plenitud, y el verbo “hacer”, denotan la conciencia de “hacedor”, ¿divino?, que tiene D. Manuel. Destaquemos la expresión metonímica que se sueñen que entroncan con la idea unamuniana de la imposibilidad de la felicidad –no existe, sólo se puede soñar – y de la vida como sueño.

3) Lo que aquí hace falta es que vivan sanamente, que vivan en unanimidad de sentido, y con la verdad, con mi verdad, no vivirían. Que vivan.

­­­­­­En medio el epitrocasmo, la tesis y su conclusión. Su verdad no es válida, sí lo es la verdad tradicional, la que proviene de la intrahistoria del pueblo, incluida en ella la religión. La técnica es la misma: el zeugma de la frase principal, la anáfora, el paralelismo y la enumeración de “necesidades” en subordinadas en complejidad creciente sintáctica y semántica: …que vivan sanamente; que vivan en unanimidad de sentido. El paralelismo también le sirve al autor para enviarnos un mensaje, que no es otro que “vivir sanamente es vivir en unanimidad de sentido”. Es decir, en comunidad y con conciencia de comunidad –otra vez la intrahistoria–. Como en las anteriores oraciones termina con la negación enfocando la palabra “verdad”: la verdad-mi verdad para mostrarnos a D. Manuel convencido de la ausencia de la “otra vida”. Concluye con un simple y triste Que vivan, pues ya vivir sin más es tarea ingrata y dura, y parece que se conforma el sacerdote con la mera existencia terrena.

4) Y esto hace la Iglesia, hacerles vivir. ¿Religión verdadera? Todas las religiones son verdaderas en cuanto hacen vivir espiritualmente a los pueblos que las profesan, en cuanto les consuelan de haber tenido que nacer para morir, y para cada pueblo la religión más verdadera es la suya, la que le ha hecho

Aparece la Iglesia. Una vez enunciada la solución, la Iglesia es la que puede llevarla a cabo. Pasamos del subjuntivo “vivan” hipotético a la afirmación plena hacerles vivir. ¿La religión se apoya, entonces, en una mentira? La interrogación retórica nos da pie a la explicación, que toma la forma de oración principal (Todas las religiones son verdaderas; luego zeugma) con varias subordinadas que enuncian argumentos secundarios (etiología) usando la anáfora y el paralelismo estructural que responde el interrogante: en cuanto hacen vivir espiritualmente a los pueblos; en cuanto les consuelan de haber tenido que nacer para morir (otra antítesis).

Concluye don Manuel: La religión es verdadera para el pueblo que la ha creado, reside en el fondo del lago, con las creencias, tradiciones, hechos y vidas que se han amontonado a lo largo de los siglos. En consecuencia, tiene un papel insustituible en la vida de la comunidad. Aparecen diseminadas la palabra verdad y adjetivos derivados de ella (poliptoton). Le atormenta la mentira y por eso emplea repetidamente verdad, verdadero, verdadera. Sabe la respuesta. La religión es verdadera porque su efecto es real y tangible, una visión utilitaria de las creencias religiosas particularmente incongruente con el sacerdocio.

Posiblemente uno de los párrafos más atrevidos y controvertidos de Unamuno. Falsedad de las religiones pero verdad de las mismas por su función de consuelo, cohesión y supervivencia en la intrahistoria.

5) ¿Y la mía? La mía es consolarme en consolar a los demás, aunque el consuelo que les doy no sea el mío». Jamás olvidaré estas sus palabras.

Le llega el turno de nuevo a la persona. Si antes se refiere Manuel a su misión benefactora ahora toca llegar al fondo de la cuestión: ¿Cómo puede vivir en farsa permanente y engañando a todos? De nuevo hay una interrogación retórica que se adelanta a lo que piensa el interlocutor. La respuesta se encierra en una epanadiplosis la mía-el mío. El hecho de consolar a los demás, presente por un nuevo poliptoton y diseminación (consolarme, consolar, consuelo), es, en este caso, lo que justifica la actitud. Esta es su verdad, con la cual, como vimos anteriormente, no puede sobrevivir el pueblo.

En breves líneas se nos presenta la clave de la obra, la idea que nos quiere explicar Unamuno. El discurso de Manuel está construido sobre la base de una exposición de motivos no ordenada, expresados con una estructura similar, en la que las ideas secundarias enlazan unas con otras sin nexos (asíndeton), usando repeticiones de palabras rebosantes de significación, sugestivas, antítesis varias que muestran la lucha entre extremos, interrogaciones retóricas inmediatamente respondidas, que denotan que él ya se ha preguntado y contestado eso muchas veces.

Todo el texto retrata el estado de ánimo del hablante, de máxima tensión, de sufrimiento, de consumación. No tratemos de ver al Unamuno hombre tras estas palabras, sino su pensamiento y su hábil empleo de la narración para mostrarlo al receptor. Y como receptor, la lectura de la obra en su conjunto, y de este párrafo en particular, me crean otras inquietudes respecto al personaje: ¿No está don Manuel imbuido en una misión “divina” a la que sacrifica su vida? ¿Y no tiene un concepto de sí mismo demasiado elevado al arrogarse la sabiduría total que le permite determinar qué es lo que necesita el pueblo? ¿No halla otro camino que la hipocresía para ayudar a los demás?

Quedan las ideas del autor en el receptor tal y como es su intención, pero deja reducido al personaje como instrumento para la difusión de las mismas, y nos gustaría saber más de sus razones íntimas.

El deshielo ha llenado el pantano, ya no se ven los tejados ni la torre de la iglesia. Un desierto de agua hay en su lugar. Pero en los atardeceres, cuando todos se guardan en las casas del pueblo nuevo, y el silencio llega con las sombras, se siente la presencia durmiente, oculta y perpetua de lo que un día fue pasado.

¡Los Reyes Magos existen! (Parte II)

The Magi. Henry Siddons Mowbray. 1915
The Magi. Henry Siddons Mowbray. 1915

 

No estaremos aquí para verlo. Mucho me temo que la obra de José Jiménez Lozano no será leída por generaciones venideras. Demasiado humilde, demasiado personal, demasiado castellano. Nos queda la esperanza de que en el futuro algún crítico, algún estudioso de la literatura, en busca de la originalidad intelectual, o movido por verdadero interés literario, se acerque a su obra y la saque a la luz. Otros autores han tenido esa suerte.

Él se explica como un autor sin poética, en el que la historia ya nace escrita en su interior. Su misión es transcribirla de la mejor manera posible. Es una idea que podría llevarnos a pensar en una literatura estilísticamente desnuda. A veces, la humildad de los grandes trata de escondernos maravillas.

Gusta Jiménez Lozano del acontecimiento como centro irradiador de la historia, así que, tratar el nacimiento de un Dios-niño que principia un mundo distinto,  en noche fría,  lugar remoto, tiempo milenario y pretérito, hace más de dos mil años, y al que inexplicablemente adoran toda una serie de personajes, se le antoja empresa adecuada a su talento.

Ahora bien, ya concluimos que los lectores contemporáneos han dejado de ver la estrella en el cielo. Para contarnos la Natividad cristiana el autor, que dice no tener poética alguna, con recursos literarios sutiles, se afana en hacer aflorar la inocencia del lector. Lo lleva, poco a poco, a la credulidad y ternura infantiles, para que así recuerde y comprenda. Y para lograrlo, considera que no importa si la historia no es del todo como nos la contaron.

En primer lugar, a medida que avanzamos en la lectura, nos damos cuenta de que ese Belén que se describe cada vez se parece más a un pueblo castellano. Si, además, los personajes se expresan con una lengua popular y formal, en la que se dejan caer convenientemente arcaísmos y localismos sorpresivamente (amostazado, tracamundaba), consigue el autor un efecto original al cambiar el referente esperado, Belén, por uno diferente y más cercano. Y caemos en cuenta de que no debió ser tan distinto un pueblo de otro, pues el acontecimiento es lo universal. Es más, aunque nos sorprenda que en ese Belén, que no es el de la Biblia, haya posadas, posaderos, amas y criadas; tenga un sereno; haya mozos pícaros y traviesos, y pastores en las majadas, tras un primer desconcierto, no sólo no nos importa sino que nos dejamos engañar con una sonrisa tierna y cómplice.

Utiliza el autor un español-castellano familiar, de periodos largos, en los que se detiene para explicar todo lo que va ocurriendo. Sin percibirlo apenas, volvemos a ser el niño que escucha a la abuela explicándole sin prisas, pacientemente. Parece una tarea fácil, pero tal efecto lo logra Jiménez Lozano con maestría.

Recurre a la sintaxis para crear ese registro familiar, cercano, cuasi oral sin las incorrecciones de lo coloquial. Los periodos largos ya comentados,  en los que encadena subordinadas sin fin, el polisíndeton y la yuxtaposición, así como la aposición, conforman un tono pausado que no quiere dejar dudas al interlocutor: consiguen hacernos escuchar a un contador de cuentos. Veamos un fragmento de la primera página:

[…] Aunque a todo el mundo que lo pedía no se podía admitir, porque no era ésta una posada de lujo, pero tampoco iba a convertirse en cualquier cosa, y por ejemplo aquella pareja o matrimonio que había llegado por la noche, un poco antes de la madrugada, y continuaba allí, no había pasado a ocupar una habitación. En principio porque habían dejado pasar por delante de ellos a todos los demás…

Los personajes, los visitantes, son lo mejor de la historia. La señora Marta, “la disponedora”, mujer de armas tomar, generosa y pobre. Es también partera, enfermera, aguadora, enjabelgadora. Pone en orden el establo, el portal, y es capaz de hablar con los animales, a los que, como a todos, da instrucciones. El señor Rubén es el vigilante de la noche, curiosamente parecido a un sereno; lleva a gala ser también meteorólogo y astrónomo, capaz de leer los cielos. Un romano que recita a Virgilio con placer a los pastores, en medio de la noche fría, también acude a adorar al Niño. Los pastores, claro, maestros de la espera, observadores del devenir de los días y las noches, que acuden porque “nos ha nacido un niño” y saben leer los signos. Y dos ladronzuelos que roban un gallo justo esa noche, con el pueblo tan concurrido. Y el jefe de la policía de Herodes, fiel seguidor del reglamento, que sufrirá la conmoción de lo mágico al inspeccionar el establo. Acabará ayudando a la familia en su huída a Egipto.

Pero hay más herramientas poéticas al servicio de la historia. La más llamativa es la anacronía.  Rompe con los esquemas espacio temporales del saber común sobre la Natividad, pero como ya leemos como niños, sonreímos de nuevo. Dos ejemplos. El señor Rubén, el vigilante de la noche, cuando quiere anunciar a los pastores que un Niño le ha nacido al mundo, a los cielos y a la tierra, recita nervioso unos versos de Góngora:

Que ha salido el sol en medio de la noche, y a la aurora se le ha caído un clavel, y yo lo he visto.

Y los pastores, al principio extrañados, comprueban, tras visitar al Niño, que no lo podía haber explicado con mejores palabras.

 El otro ejemplo es una visita secreta que realizan unos filósofos y geómetras venidos de Occidente. Nada menos que Descartes, Pascal, Hegel y Baruch (Spinoza). Acuden los racionalistas occidentales, intrigados también por aquella estrella que altera la bóveda celeste. Hegel le regala al Niño La fenomenología del espíritu, ahí es nada. Como ya habremos imaginado, un humor socarrón y amable recorre todo el relato.

No creo conveniente hablar sobre los diferentes planos narrativos que funcionan en esta, supuestamente sencilla, historia. Revelaríamos demasiado. Nos queda ya sólo un asunto que tratar, que es, precisamente, el que nos trajo aquí: ¿y los Reyes Magos?

Me gusta leer, la noche de Reyes, el capítulo titulado La conferencia de los cuatro reyes. No es, como anhelamos en la primera parte de nuestra entrada, una narración profunda sobre los “Tres Hombres Sabios”. Lo esencial, ya lo dijimos, es el acontecimiento. Sin embargo, el retrato que sacamos de los “tres Reyes Astrólogos” en su enfrentamiento dialéctico con Herodes nos deja abiertos caminos a la imaginación. Herodes habla de lo material, de la moda culinaria que triunfa en Roma, de las riquezas, de sus viajes. Los tres reyes hablaron, en cambio

[…] del Astro de la Mañana y de las Estrellas Señaladoras de Caminos, …, y sobre todo de un Dios Escondido.

 Continúan la conversación con Herodes cada vez más inquieto y nervioso. Los rumores son ciertos. Esa es su miseria. Los Reyes están en peligro, pero puede más el miedo. Al poderoso Rey de los Judíos le atemoriza un niño recién nacido. Los deja ir.

Los Reyes fuerzan la marcha en dirección al portal. Ante la admiración de toda la gente sencilla, aquellos extraños, vestidos con ropas maravillosas y enjaezadas sus cabalgaduras con adornos de oro y plata, se postran ante un niño pobre con el ceremonial propio que se les debe a los reyes antiguos.