¡Los Reyes Magos existen! (I)

desierto

Ya deben andar muy lejos. El paso del camello es lento, pero firme y majestuoso, y tiene algo de perpetuidad su vaivén. Además, su carga se ha aligerado del oro terrenal, del incienso divino, de la mirra difunta y de regalos traídos para aquellos que creen sin ver.

Tuvimos primeras trazas proféticas en Isaías y en los Salmos bíblicos, que se concretaron en el Evangelio de S. Mateo: “Unos magos que vinieron de Oriente…”, aunque la palabra mago se puede sustituir por la de “sabio”, como se les conoce en los países de habla inglesa: The Three Wise Men. Reyes o sabios, o ambas cosas, hay que reconocer que un hecho de referencias brumosas, que tuvo lugar hace más de dos mil años y que ha acompañado a millones de familias cristianas de España y América durante tantos siglos, debe tener algo especial. Y eso que la tradición parece languidecer, porque ya, salvo en el mundo rural, en los pueblos alejados y cercados por la naturaleza, no quedan personas que se estremezcan al pensar en el frío de la madrugada, en la piel amenazada del recién nacido, en la oscuridad sin refugio y en las horas de andadura que hacen de cada movimiento una penalidad. Y quizás también hayamos todos perdido la capacidad de asombrarnos si una noche el cielo parece desordenado y las estrellas no están donde debieran. Puede también que el nacimiento de un niño ya no sea un acontecimiento.

Alejados de la tierra, el agua y el fuego de la naturaleza; resguardados por la tecnología, hipnotizados por la abundancia, descreídos de todo lo intangible, empezamos a pensar en leyendas que no fueron y a vaciar la tradición de sentido religioso hasta dejarla reducida a mera costumbre sin magia, sin misterio ni creencias sinceras; excusa para el consumo, engaño condescendiente de los más pequeños.

Tan racionales que ya explicamos el universo y desdeñamos lo que no podemos explicar, ¿cómo sentir y hacer sentir la ilusión de que un día al año los niños son el acontecimiento alrededor del cual gira todo?, ¿cómo creer y hacer creer que continúan visitándonos espíritus antiguos cargados de presentes? Sólo hay que imaginar como imaginan los niños. Algunos pocos lo han hecho y nos han regalado hermosas páginas que nos servirán de ayuda, y aunque se puede decir que la festividad de los Reyes Magos y la tradición hablan español, empezaré con dos poetas en lengua inglesa, inspirados por una de las más bellas historias conocidas.

Henry Wadsworth Longfellow canta a los Reyes Magos en su poema The Three Kings. Unos reyes, hombres sabios que viajan incansables desde el Oriente:

Three Wise Men out of the East were they,
and they travelled by night and they slept by day, […]

Los Tres Sabios eran de más allá del Este,
Y viajaban de noche y dormían de día…

Reyes que, a veces, se quedan dormidos con la barba sobre el pecho y que cabalgan impacientes por la llanura cuando ven su recompensa próxima, porque no pueden esperar. Y en medio de lo hermoso, el poema señala el regocijo de la vida y el terror de la muerte. Esta idea es, en cambio, la dominante en T.S. Eliot y su poema Journey of the Magi.

Eliot nos presenta a un rey anciano que recuerda aquel viaje, tan lejano en el tiempo, tras la estrella, como jornadas de sufrimiento y duda; camelleros violentos, pobladores hostiles, frío, hogueras que se apagan y noches sin refugio:

With the voices singing in our ears, saying
That this was all folly.

Con voces susurrando en nuestros oídos, diciendo
que todo aquello era locura.

El Rey Mago es un hombre, lamenta que nada fuera igual después de aquello. Ya todo le resulta extraño, anhela la muerte:

But no longer at ease here, in the old dispensation,
With an alien people clutching their gods.
I should be glad of another death.

Pero ya nunca más estuve en paz aquí, con los viejos modos,
con gente extraña aferrada a sus dioses.
Desearía morir con otra muerte.

Si en el arte la presencia de la Epifanía es extensa y de calidad, especialmente en la pintura, imaginamos una mayor incidencia en la literatura en lengua española de la historia de los Reyes Magos, con tantas posibilidades de conmover, religiosa y humanamente. Sí, la primera obra dramática en lengua española conocida, escrita en el siglo XII, es el drama litúrgico titulado Auto de los Reyes Magos; y sí, los villancicos de nuestro Cancionero piden a los Reyes “sed mi guarda y abogados” en fecha temprana. Pero la realidad es que sólo algunos poetas se han acercado con acierto a la historia. Me quedo, entre otros, con el sublime Rubén Darío y su poema La Rosa niña:

[…]¿De dónde vinieron a la Epifanía?
¿De Persia? ¿De Egipto? ¿De la India? Es en vano
cavilar. Vinieron de la luz, del Día,
del Amor. Inútil pensar, Tertuliano.[…]

Y con Miguel Hernández y el triste despertar de un niño pobre –él – el día seis de enero recogido en Las abarcas desiertas:

Y al andar la alborada
removiendo las huertas,
mis abarcas sin nada,
mis abarcas desiertas […]

O con Luis Rosales y su Villancico de la falta de fe, de tanta actualidad:

[…]Pasan años y los hombres
siguen padeciendo sed,
la estrella sigue en el cielo,
sólo muy pocos la ven.

La narrativa en español sobre la Adoración, un páramo donde no ha crecido la imaginación de casi ningún autor. Creo que T.S. Eliot apuntó en la dirección adecuada. Los Sabios vistos como hombres, el viaje como aventura, la religión como sentimiento íntimo, la vida ulterior. La fascinación de aquellas noches infantiles y aquellas mañanas felices, estoy seguro, constituyeron también el vivir de muchos “hacedores”. ¿No reconocen una buena historia?

Mas, como siempre, existen obras escondidas que el destino pone en nuestras manos como por casualidad. Obras que nos sacian la sed con inesperada agua literaria. Un pequeño cuento de José Jiménez Lozano, El libro de visitantes, que trataremos en la segunda parte, capta y transmite el verdadero sentido de la historia –sagrada para unos, leyenda para otros –de la Epifanía.

 

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ISAAC BASHEVIS SINGER: ALGO MÁS QUE CUENTOS (PARTE II)

bashevis singer

Cerré el libro. Una pregunta tomó forma: ¿Son estos cuentos para niños?

A lo largo de la lectura me había ido quedando la impresión de que un motor narrativo común, una fuerza que a veces quedaba por encima de la historia infantil, estaba presente. Identifiqué algunos rasgos peculiares y disonantes, áreas extrañas al género del cuento popular. Después de estudiar al hombre-autor que se escondía detrás de las palabras emprendí una segunda lectura y fui construyendo mi teoría acerca de Isaac Bashevis Singer y sus cuentos.

Todas las narraciones están impregnadas de lo autobiográfico. El autor real, el autor implícito y el narrador son uno, que no es sino un ser humano desesperanzado y dolorido por la pérdida de sus hermanos, padres, amigos, vecinos, cultura y lengua en la más terrible hecatombe. ¿Puede un hombre soportar el exterminio de todo lo que ama, quedarse en la más profunda soledad y sobrevivir? Singer lo intentó.

Si dispusiéramos los cuentos según su carácter más o menos autobiográfico, encontraríamos  una gradación que avanza de menor a mayor grado, que se inicia en los cuentos cómicos y costumbristas, prosigue en los tradicionales y las leyendas y termina en unos conmovedores cuentos literarios en los que el autor es, ya sin disimulo, el protagonista. ¿Por qué y para qué?

Bashevis Singer escribe para soportar el dolor. Ese dolor que le recuerda a cada instante que él continúa vivo, que le impide aceptar el horror sin más. Él, un judío con graves dudas religiosas, se aferra a la resurrección de los muertos que acompañará a la venida del Mesías. Espera el reencuentro y dice que escribe en yiddish porque no quiere que vuelvan a la vida y no haya personas que hablen en yiddish, ni libros en yiddish que leer. Pero yo creo que en lo que cree firmemente es en el poder de la literatura. Sabe que lo escrito permanece y sabe que los lectores, al leer sus cuentos, darán vida y sentido a las historias y las mantendrán apartadas de la verdadera muerte: el olvido.

Casi todas las narraciones tienen como rasgo el costumbrismo, el exotismo triste de un país perdido y lejano, que descansa en la cultura y la vida de los judíos en Polonia, desde el siglo XIX y principios del XX hasta el horror de la guerra y el exterminio. La naturaleza es otro motivo fundamental, y tiene su máxima expresión en el invierno, siempre presente, y que marca la vida de los habitantes. Y también lo están la noche, el bosque y los animales. Un Dios que simplemente “es” lo impregna todo; premia al justo y castiga al malvado. Él explica la inmortalidad y el misterio de la existencia, pero no satisface la terrenal curiosidad científica. Creer se convierte en un ejercicio conciliar de fe y razón.

Pero como son cuentos para niños, no falta lo mágico y lo fantástico, que toma la forma de  brujas, demonios, trasgos y duendes. Y junto a ello encontramos una infancia y adolescencia protagonista, pura e inocente, que vive sus primeros amores y temores.

Con estos elementos narrativos urde Singer sus extraños cuentos. De bella factura y huyendo del artificio, los cuentos tradicionales son una delicia, mas a mí me gustaría detenerme en los cuentos literarios. Son aquellos de los cuales podríamos decir que, sin quererlo quizás su autor, se salen del camino trazado y toman unos vericuetos personales y adultos que le llevan a otro terreno literario. Y dentro de estos cuentos destacan los narrados en primera persona (Crecer, Velada de Hanukkah en casa de mis padres, Una velada de Hanukkah en Varsovia, Tashlik). Porque si cada uno de nosotros tiene momentos de su infancia y adolescencia que permanecen a lo largo del tiempo nítidos y cálidos, nuestro autor quiere recrear los suyos para revivirlos. Singer habla de sí mismo y no hay ficción sino recuerdo. Piezas muy hermosas y de gran calidad, en ellas un joven se debate entre sus creencias religiosas y la Ciencia; entre el amor a su familia y su deseo de explorar el mundo. Pero, sobre todo, nos cuentan su descubrimiento emocionado de la literatura; ese es el refugio en el que se cobijó Singer en vida mientras fuera el frío del dolor hacía estallar los robles de los bosques y los lobos hambrientos aullaban en la oscuridad.

Si han sentido alguna vez la emoción del descubrimiento de la literatura, lean los cuentos.

Que trata de la condición y ejercicio de la literatura

Don Quijote dando alto a la caravana

“Pero hay un arte que emplea sólo el lenguaje… Este arte que todavía sigue sin nombre, pues no hay un nombre común que designe los mimos de Sofrón y Jenarco, los diálogos de Sócrates o la imitación que alguien pudiera hacer mediante metros trimétricos o elegíacos u otros parecidos”.

Me fascina este párrafo de la “Poética” de Aristóteles, pues todavía no se ha llegado a la reducción de la “literaturae” latina y se enfrenta a unas “artes” que tienen en común el uso del lenguaje, y como diferencia el uso de otros medios o de distintas combinaciones de los mismos: el ritmo, la música, el lenguaje, la representación. Desde este punto de vista, la tragedia y la comedia emplean el ritmo, la música y el metro en distinta medida y tienen carácter dramático y no narrativo, pero siguen siendo obras de “poetas”. El “espectáculo” (representación de los actores y efectos visuales) es un elemento alejado del arte poético, pero reconoce que “fascina las almas”. En otro lugar llama a los poetas “hacedores de imágenes”.

Conocemos el final de la historia. Ese arte se bautizará “literatura”, pues se sostiene sobre pilares hechos de letras, por el lenguaje, por el texto. Aunque a mí personalmente me resulta extraño que se terminara desligando el texto dramático del hecho teatral en sí. Así que me pregunto cómo habría el filósofo clasificado, si hubiera tenido la oportunidad de conocerlas, otras artes como el cine, la ópera y la historieta gráfica o cómic. ¿De verdad hubiera tenido problemas en incluirlos en ese “arte que todavía no tiene nombre”?

La literatura es eterna, porque no hay dos lecturas iguales, porque revive mundos y seres desaparecidos siglos atrás, porque siempre habrá nuevos lectores que bajarán al río de la literatura a saciarse. Y cada vez que lo hagan probarán un sabor nuevo.