FRAY LUIS DE LEÓN, LA PROSA PRECISA

En “De los nombres de Cristo”, Fray Luis de León compendia en prosa el contenido de sus poemas, además de ser una muestra del interés humanístico por la etimología y una fuente de agua para el castellano sediento en prosa. Escrita en tres libros, los dos primeros reciben críticas por no estar en latín, por lo que el prólogo del tercero constituye una pieza apologética del valor de la lengua española. La obra está escrita en forma dialogada a la manera horaciana entre tres frailes (Marcelo, Sabino y Juliano) que, descansando en el campo, conversan sobre los nombres dados a Cristo en los libros sagrados (Príncipe de la Paz, Cordero, etc.).

El uso del diálogo permite a Fray Luis discutir y mostrar ideas, razonamientos, hacer un análisis racional, en fin, pero deleitando. Una serie de exposiciones  sobre el sentido -o sentidos- simbólico de los nombres discurre en la conversación. En primer lugar, se van citando los pasajes bíblicos en que cada nombre aparece, para, posteriormente, comentarlos y discutirlos. El estilo, como la poesía de Fray Luis, es armonioso, contenido, equilibrado, y se constituyó en referencia para la prosa en lengua española, en pugna con el latín como lengua adecuada para temas elevados.

Le llevó años a Luis de León escribir su gran obra en prosa. Ve la luz en su primera edición en 1583, edición que se verá continuada por otras revisadas por el propio autor. Ya ha superado el religioso  “la envidia y la mentira”,  y a su propio e indomable genio. Constituye el personal escrito doctrinal y teológico del humanista que busca, tras cada palabra, tras cada nombre, el significado oculto, el misterio que se encierra en las Sagradas Escrituras. El diálogo doctrinal entre tres frailes de su orden, que conversan sobre los nombres de Cristo, sirve a nuestro autor para exponer su visión de la doctrina cristiana, con Jesús como fin de todo lo bueno.

Con la claridad expositiva y la preocupación del preciso uso de la lengua castellana como fines concomitantes, el texto debe explicar, convencer, argumentar y entretener. Para ello, opta por una estructura general ternaria, en la que cada parte busca la luz y crece de un tronco común: en la primera parte es “Cristo como pastor”, en la segunda el “Príncipe de la Paz” y termina con el nombre de “Esposo”. A cada nombre sigue una exposición determinada, que comienza con “lo que es el nombre, le siguen los “oficios” que desempeña, y termina con el “fin” con el que se ordenó y los “bienes” que representa.

Por otro lado, los personajes juegan cada uno un papel en beneficio de la exposición doctrinal. Marcelo es el bien, el místico, la sabiduría; Sabino, la belleza, la naturaleza; la verdad, lo racional, el sabio escolástico, es Juliano. Trata Fray Luis, como nos dice la dedicatoria, de volver la mirada de los cristianos a los textos sagrados, denostando las obras, “perdidas y desconcertadas”, que han servido de intermediarias entre el mensaje de las Sagradas Escrituras y las “personas limpias y puras, impidiéndoles el conocimiento de la verdad superior.

Como muestra de lo dicho, y esperando que sirva de invitación a lectura de la obra, comentaremos los dos primeros párrafos de la introducción. En ella, el narrador nos presenta el escenario donde tendrá lugar la conversación y a los personajes. Es un texto descriptivo, escrito en primera persona con predominio de la tercera persona en la descripción. El desarrollo temporal es lineal ab initio.

Leamos, primero, el texto:

Era por el mes de junio, a las vueltas de la fiesta de San Juan, a tiempo que en Salamanca comienzan a cesar los estudios, cuando Marcelo, el uno de los que digo -que así le quiero llamar con nombre fingido, por ciertos respetos que tengo, y lo mismo haré a los demás-, después de una carrera tan larga como es la de un año en la vida que allí se vive, se retiró, como a puerto sabroso, a la soledad de una granja que, como vuestra merced sabe, tiene mi monasterio en la ribera del Tormes, y fuéronse con él, por hacerle compañía y por el mismo respeto, los otros dos. Adonde habiendo estado algunos días, aconteció que una mañana, que era la del día dedicado al apóstol San Pedro, después de haber dado al culto divino lo que se le debía, todos tres juntos se salieron de la casa a la huerta que se hace delante de ella.

Es la huerta grande, y estaba entonces bien poblada de árboles, aunque puestos sin orden; mas eso mismo hacía deleite en la vista, y sobre todo, la hora y la sazón. Pues entrados en ella, primero, y por un espacio pequeño, se anduvieron paseando y gozando del frescor; y después se sentaron juntos a la sombra de unas parras y junto a la corriente de una pequeña fuente, en ciertos asientos. Nace la fuente de la cuesta que tiene la casa a las espaldas, y entraba en la huerta por aquella parte; y corriendo y tropezando, parecía reírse. Tenían también delante de los ojos y cerca de ellos una alta y hermosa alameda. Y más adelante, y no muy lejos, se veía el río Tormes, que aun en aquel tiempo, hinchiendo bien sus riberas, iba torciendo el paso por aquella vega. El día era sosegado y purísimo, y la hora muy fresca. Así que, asentándose y callando por un pequeño tiempo, después de sentados, Sabino, que así me place llamar al que de los tres era el más mozo, mirando hacia Marcelo y sonriéndose, comenzó a decir así: […]

El marco temporal se describe desde el comienzo del texto con un uso sutil de las formas verbales que consigue idealizar ese tiempo como un periodo sosegado, tranquilo, en el que se ha detenido la actividad humana y discurre todo más despacio. Como vemos en las tres primeras proposiciones, “Era por el mes de junio, a las vueltas de la fiesta de San Juan, a tiempo que en Salamanca comienzan a cesar los estudios, conviven el aspecto durativo y la imprecisión (“Era por…”), las expresiones perifrásticas con valor temporal ambiguo (“a las vueltas de la fiesta de San Juan”) y el aspecto incoativo y durativo que simultanea en el afortunado oxímoron “comienzan a cesar los estudios. Tras la expolición nos queda claro que estamos en un tiempo pasado que “nos convida a los estudios nobles”[1]. En ese momento indefinido va a relatarse la acción, pero, como ya hemos indicado, estamos en tiempo de sosiego, así que aparece el narrador-testigo y autor, en primera persona, hablándonos en tiempo presente mediante una digresión autoral (“…el uno de los que digo –que así le quiero llamar…”); una oración subordinada temporal sigue y vuelve a ralentizar el ritmo (“después de una carrera tan larga como es la de un año…”), aunque semánticamente nos indica que el tiempo pretérito, el pasado año de Marcelo, ha sido un áspero camino. La cronografía acaba con la incertidumbre situándonos en un día concreto, el dedicado al apóstol San Pedro.

Pero sigamos en el mismo párrafo, ya que en él se nos introduce en el paisaje donde tendrá lugar la conversación: “Salamanca-granja en la ribera del Tormes-huerta. Nos sitúa frente al escenario de la acción, pero inicia ya la topografía del lugar ameno. Obsérvese la comparación “cómo a puerto sabroso” o “la soledad de la granja” a donde se retira Marcelo, “la huerta” frente a la casa. También está presente la influencia de su particular humanismo y poesía en algunas expresiones y palabras, como el verbo retirar(se) “del mundanal ruido, idea principal del pensamiento de Luis de León, o el “puerto sabroso” (adjetivo usado en Oda I), al que se acoge el alma en su navegar, base metafórica muy habitual en el autor[2].

Por último, hablemos de los personajes. Ya aparece el protagonista, Marcelo, definido en su mayor importancia por el respeto que le muestra el narrador en su digresión (“…por ciertos respetos que tengo…”) y el anonimato del resto de interlocutores, a los que se nombra como “los otros dos, que le siguen “por hacerle compañía y por el mismo respeto”. Es decir, Marcelo es un hombre sabio con quien puede uno deleitarse y aprender conversando, y ese es su principal rasgo ¿El mismo Luis de León?

Los tres juntos salen a la huerta.

La huerta no es el jardín, ni el terreno de cultivo, sino la naturaleza labrada por el propio Creador; se dibuja un entorno “armonioso”. Es el huerto, es la fuente alegre que baja presurosa, es el suelo de verdura vestido[3] que nos invita a la vida retirada, al apartamiento. El tópico del locus amoenus desde el anhelo de la otra vida cristiana. Todo el párrafo describe el lugar en una secuencia visual. Primero visto desde el exterior, como si nos fuéramos aproximando y sólo contempláramos el conjunto. Esa visión se expresa en presente (“Es la huerta grande…”) y, en seguida, el imperfecto vuelve a situarla en el pasado (…estaba entonces bien poblada…). El aspecto desordenado de los árboles, la hora y la oportunidad, es decir, el conjunto “natural” que se nos presenta, es lo que crea el ambiente adecuado: “hacía deleite en la vista”. Ahora nos introducimos en ese espacio (“Pues entrados en ella…”) e inmediatamente nos invade la armonía (“…paseando y gozando del frescor…”). Nos detenemos en el centro, donde la fuente alegra sin romper el equilibrio. Vuelve a repetirse la estructura de dos oraciones coordinadas, la primera en presente (“Nace la fuente”)  y la segunda en pasado imperfecto (“…y entraba en la huerta…”). La prosopopeya y la similicadencia sugieren un alegre y suave sonido de fondo (“corriendo y tropezando, parecía reírse”). Sentados “en ciertos asientos” levantamos la mirada y observamos la hermosa alameda, el río Tormes, que iba “torciendo el paso”[4], y sus riberas. Termina aquí la descripción del lugar, que no parece otra cosa sino la descripción de tres pinturas pintadas desde tres diferentes puntos de vista.

En fin, que el día era “sosegado y purísimo”, como el día que quiere y gusta Fray Luis, “puro, alegre y libre”, y la hora “muy fresca”. El narrador recurre a la sinestesia para completar la topografía del lugar con el ambiente del momento, provocando a los sentidos. En esta parte vamos a dar entrada al diálogo, particularmente a uno de los personajes, llamado Sabino, y lo hacemos usando el gerundio para situarnos en el momento vivido: “Asentándose y callando…; mirando…y sonriéndose”. Aún busca elevar más el dinamismo interviniendo el narrador en primera persona “…que así me place llamar…”. Permanecemos escuchando, atentos.

Diferencias sutiles hay entre los dos párrafos. El primero centrado en el tiempo y en el protagonista; el segundo, en el lugar y el ambiente. Tiene el primer párrafo periodos largos salpicados de oraciones subordinadas que ralentizan el ritmo del texto y el tiempo de la narración. Hay también predominio de los nombres propios y menor presencia de la adjetivación. En cambio, en el segundo párrafo abundan las oraciones coordinadas, especialmente copulativas, más cortas, con numerosos verbos en estructuras bimembres (“paseando y gozando; corriendo y tropezando; asentándose y callando; mirando y sonriéndose”) en sugestiva e impresionista gradación. También en pares tenemos los adjetivos (“grande…y bien poblada…; alta y hermosa alameda; sosegado y purísimo”). Hay campos semánticos sensuales (“frescor, sombra, deleite, sazón”). Todo ello  consigue de esta manera que la descripción sea detallada, precisa y dinámica a la vez.

El texto es una invitación a la escucha atenta, y para ello establece las condiciones necesarias para poder hablar de temas elevados. Se necesita tiempo sin prisas, se necesita ese silencio sólo alterado por la voz sosegada de la conversación y los sonidos de la naturaleza, se necesita a alguien que tenga algo que decir provechoso para la mente y el espíritu. Aunque encontrar el tiempo y silencio aquí descritos se nos antoja hoy día casi imposible, merece la pena hacer el esfuerzo, pues tenemos el privilegio de poder escuchar qué nos quiere contar un sabio como Luis de León-Marcelo en un español perfecto y cuidado.

[1] Luis de León, Oda XI, “Al licenciado Juan de Grial”

[2] Véase oda XIV “Al apartamiento”

[3] Véase oda I “A la vida retirada”

[4] Nuevamente parafrasea la oda I

 

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