Annual, 1921. Recuerdo y poema

MONTE ARRUIT, 1921

Fue hace noventa y cuatro años. Un 21 de Julio de 1921 comenzó el conocido Desastre de Annual. Dicen que diez mil españoles cayeron ese día y los siguientes, huyendo, combatiendo, muriendo. La humillación militar y nacional dio lugar a la búsqueda de las responsabilidades, que se mostraron crudas e indecentes. Estudios históricos se han escrito, algunos con más perspectiva que otros; testigos del horror y de la ignominia lo han narrado en Imán, de Ramón J. Sender y en La ruta, de Arturo Barea, los más notables y literarios ejemplos. En la historia de España es un hecho de gran influencia y una vergüenza.
En esta justificada amargura siempre he echado en falta el recuerdo emocionado de los nuestros. Diez mil españoles que no son una cifra para los libros de historia. Vinieron del pueblo o de la ciudad. Se llamaban Juan, José, Miguel, Alfredo, Luis,…Les esperaban novias, esposas que se llamaban María, Carmen, Teresa, Josefa, Francisca. El padre –Juan, Gregorio, Indalecio– se retorció las manos arrugadas mientras lo vio marchar a África. La madre –Encarnación, Felicia, Isabel– se deshacía en tristeza, hasta el final de su vida, cada vez que miraba la foto en blanco y negro de aquel joven que ya no envejecería más. Muchos ni siquiera tuvieron tumbas a las que llevar flores.
Las circunstancias políticas, los responsables, la licitud de la empresa colonial, la corrupción, suenan a letanía adormecedora para un pueblo que tanto se ha esforzado en condenar derrotas y tan poco en recordar a los suyos.

A los restos de un soldado muerto (y olvidado) en Monte Arruit. 1921

Tomo prestado al andaluz perfecto
un verso sentido, si no llorado,
para llorar tu muerte de soldado.
Ya no conmueve ni causa efecto

tu piel, pergamino sobre tus huesos,
tu garganta, de rubíes inundado
yermo; tu joven cuerpo profanado
por destellos afilados de cielo.

El recuerdo de la vida olvidada,
el nombre, el apellido, la mirada
retén en tu memoria, ¡oh peregrino!,

que ya no alegran flores la rosada
aurora ni de madre ni de amada:
venéralo, y prosigue tu camino.

 

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