El libro de poesía china

Foto por Ana Muinelo
Foto por Ana Muinelo Monteagudo, 2015.

 

Durante los últimos años, al pasear por el centro de la ciudad suelo hacer un alto en una conocida librería. Allí, en la primera planta, en las estanterías dedicadas a la poesía, en el anaquel más alto y a la izquierda, letra a, aprisionado entre nobles volúmenes de anónimos y antologías, ignorado por Alberti y Auden, tímido y ausente, asoma un libro de lomo blanco titulado Poesía china, siglos IX a. C. –  XX. Elijo una página al azar, leo una o dos poesías y me invade una emoción serena. Después vuelvo a colocar el libro en su sitio y, he de confesarlo, lo dejo bien escondido para evitar que lo adquiera algún despistado y me prive durante un tiempo de mi pequeño y placentero ritual.

No recuerdo por qué abrí ese libro por primera vez. Supongo que la curiosidad por lo desconocido y la inquietud del lector que ya es consciente de que nunca podrá leer todo lo que desearía, y que no quiere dejar pasar oportunidades. El caso es que, tras una primera experiencia, me vi tentado a investigar la historia de esa literatura, el contexto socio-político, su poética y a sus autores; adquiriría el libro y lo devoraría. Afortunadamente, no lo hice.

Fue una buena decisión, pues aposté por ignorar lo concreto y dejar a la imaginación libre. Borges, en su conferencia La música de las palabras y la traducción lo expresó con sabiduría: “Imagino que, en un futuro, los hombres se preocuparán por la belleza, no por las circunstancias de la belleza”. ¿El resultado?, una lectura más intensa y una comprensión profunda del sentimiento lírico; ¿lo que encontré en las poesías?, trataré de explicarlo.

Es la aprehensión del instante. El tiempo detenido donde todo lo que sucede se amplifica hasta adquirir intenso significado: el murmullo de una hoja seca arrastrada por el viento, el rumor de las gotas de lluvia empapando el suelo, la bruma y el sol, el color de la flor, las estaciones que van y siempre vuelven, las cumbres misteriosas que esconden leyendas todavía no narradas; el recuerdo del hijo, del amor ausente, de las glorias y penurias pasadas, el siseo de una conversación lejana entre dos ancianos que no llegamos a descifrar, aquella noche en la que apuramos la copa de la amistad…

Es, en fin, el universo, hermoso e indiferente a los hombres, y sólo disponible para aquel que ha conseguido detenerse y sentir.

Haré una excepción a mi voluntaria ignorancia de las “circunstancias de la belleza” porque sería injusto no nombrar al traductor, el filólogo e hispanista vietnamita Guojian Chen. Con sensibilidad de orfebre ha traducido a un hermoso castellano unas obras que la mayoría no leeremos en su idioma original. Hasta qué punto se ha mantenido fiel al poema original o, como dice el citado Borges, ha creado una “belleza propia” diferente del original nunca podremos saberlo. Pero ¿a quién le preocupa eso?

Hace un tiempo me quedé sin palabras para una amiga que pasaba por momentos de grandísimo dolor por la muerte de una hermana. Recurrí entonces a un poema de este libro, escrito en el siglo XII por Xin Quiji, un guerrero lejano. Me pareció que expresaba el único consuelo al que agarrarse en ese momento:

LO QUE SIGNIFICA LA TRISTEZA

De joven, yo no conocía la tristeza.

En busca de inspiración,

solía subir a las torres,

pagodas y altos pabellones,

y lograba versos bien melancólicos.

 

Ahora que he experimentado y probado

todos los sinsabores de la tristeza,

quiero expresarlo, mas no puedo.

No consigo decir sino:

¡Qué fresco está el tiempo!

¡Qué hermoso el otoño!

Quién sabe si en el futuro daré el paso de estudiar a fondo “las circunstancias de la belleza” y explore la atrayente similitud que me parece ver entre muchos poemas breves chinos y nuestro Cancionero tradicional español. De momento, seguiré imaginando que hace siglos guerreros, señores feudales, funcionarios y poetas de rasgos orientales sintieron la necesidad de explicarse a sí mismos y que nos regalan ahora respuestas sencillas a los enigmas humanos.

Maureen O’Hara

MAUREEN O'HARA

Tan solo unos segundos en el noticiario. Ha muerto Maureen O’Hara. Fugazmente aparecen fotogramas de grandes películas y una anciana a la que no vimos envejecer. “Ha muerto Maureen O’Hara” repiten, como si no hubiera pasado nada. Pero muchos recordamos…

Es un día tan triste que vemos Innisfree cubierto con niebla blanca y gris. Allí el fantasma  de John Ford arrastra los pies por la piedra húmeda mientras llora con su único ojo, y el parche se le moja de pena; recuerda otra noche  en la que ella le cerró la puerta de su caravana y él filmó una película con una cámara enamorada. Hizo salir el sol en la lluviosa Irlanda, pintó habitantes entrañables, construyó tabernas llenas de cantos irlandeses y  robó los colores al Greco para que el rojo de su pelo y de su falda, el azul de su camisa y el blanco de su cara la hicieran más hermosa. Irlanda nunca fue tan verde y amable, tan risueña y armoniosa, ni tan graciosa, como aquella vez que Maureen, Wayne y Ford inventaron la historia de amor que todos ansiamos vivir alguna vez.

La tormenta arrecia, las contraventanas retumban rítmicamente, aúlla el aire, pero en la choza de arcilla y espinos se respira la calidez de las pequeñas cosas. Se nos escapa la bella y terca pastora hacia la puerta rota. Esta vez Sean Thornton no logra asir su mano  y desaparece para siempre en la noche.

Ford y Wayne la esperan, whisky en mano, y sólo lamentan que en el cielo no se pueda hacer películas.

A nosotros, siempre nos quedará Innisfree.

ISAAC BASHEVIS SINGER: ALGO MÁS QUE CUENTOS (PARTE II)

bashevis singer

Cerré el libro. Una pregunta tomó forma: ¿Son estos cuentos para niños?

A lo largo de la lectura me había ido quedando la impresión de que un motor narrativo común, una fuerza que a veces quedaba por encima de la historia infantil, estaba presente. Identifiqué algunos rasgos peculiares y disonantes, áreas extrañas al género del cuento popular. Después de estudiar al hombre-autor que se escondía detrás de las palabras emprendí una segunda lectura y fui construyendo mi teoría acerca de Isaac Bashevis Singer y sus cuentos.

Todas las narraciones están impregnadas de lo autobiográfico. El autor real, el autor implícito y el narrador son uno, que no es sino un ser humano desesperanzado y dolorido por la pérdida de sus hermanos, padres, amigos, vecinos, cultura y lengua en la más terrible hecatombe. ¿Puede un hombre soportar el exterminio de todo lo que ama, quedarse en la más profunda soledad y sobrevivir? Singer lo intentó.

Si dispusiéramos los cuentos según su carácter más o menos autobiográfico, encontraríamos  una gradación que avanza de menor a mayor grado, que se inicia en los cuentos cómicos y costumbristas, prosigue en los tradicionales y las leyendas y termina en unos conmovedores cuentos literarios en los que el autor es, ya sin disimulo, el protagonista. ¿Por qué y para qué?

Bashevis Singer escribe para soportar el dolor. Ese dolor que le recuerda a cada instante que él continúa vivo, que le impide aceptar el horror sin más. Él, un judío con graves dudas religiosas, se aferra a la resurrección de los muertos que acompañará a la venida del Mesías. Espera el reencuentro y dice que escribe en yiddish porque no quiere que vuelvan a la vida y no haya personas que hablen en yiddish, ni libros en yiddish que leer. Pero yo creo que en lo que cree firmemente es en el poder de la literatura. Sabe que lo escrito permanece y sabe que los lectores, al leer sus cuentos, darán vida y sentido a las historias y las mantendrán apartadas de la verdadera muerte: el olvido.

Casi todas las narraciones tienen como rasgo el costumbrismo, el exotismo triste de un país perdido y lejano, que descansa en la cultura y la vida de los judíos en Polonia, desde el siglo XIX y principios del XX hasta el horror de la guerra y el exterminio. La naturaleza es otro motivo fundamental, y tiene su máxima expresión en el invierno, siempre presente, y que marca la vida de los habitantes. Y también lo están la noche, el bosque y los animales. Un Dios que simplemente “es” lo impregna todo; premia al justo y castiga al malvado. Él explica la inmortalidad y el misterio de la existencia, pero no satisface la terrenal curiosidad científica. Creer se convierte en un ejercicio conciliar de fe y razón.

Pero como son cuentos para niños, no falta lo mágico y lo fantástico, que toma la forma de  brujas, demonios, trasgos y duendes. Y junto a ello encontramos una infancia y adolescencia protagonista, pura e inocente, que vive sus primeros amores y temores.

Con estos elementos narrativos urde Singer sus extraños cuentos. De bella factura y huyendo del artificio, los cuentos tradicionales son una delicia, mas a mí me gustaría detenerme en los cuentos literarios. Son aquellos de los cuales podríamos decir que, sin quererlo quizás su autor, se salen del camino trazado y toman unos vericuetos personales y adultos que le llevan a otro terreno literario. Y dentro de estos cuentos destacan los narrados en primera persona (Crecer, Velada de Hanukkah en casa de mis padres, Una velada de Hanukkah en Varsovia, Tashlik). Porque si cada uno de nosotros tiene momentos de su infancia y adolescencia que permanecen a lo largo del tiempo nítidos y cálidos, nuestro autor quiere recrear los suyos para revivirlos. Singer habla de sí mismo y no hay ficción sino recuerdo. Piezas muy hermosas y de gran calidad, en ellas un joven se debate entre sus creencias religiosas y la Ciencia; entre el amor a su familia y su deseo de explorar el mundo. Pero, sobre todo, nos cuentan su descubrimiento emocionado de la literatura; ese es el refugio en el que se cobijó Singer en vida mientras fuera el frío del dolor hacía estallar los robles de los bosques y los lobos hambrientos aullaban en la oscuridad.

Si han sentido alguna vez la emoción del descubrimiento de la literatura, lean los cuentos.